El derecho a un techo, proclamado en nuestras leyes como una condición indispensable para una vida digna, se ha convertido en España en uno de los terrenos donde con mayor crudeza se enfrentan las necesidades de la mayoría y los intereses del dinero. La vivienda ha dejado de ser, para buena parte de la sociedad, un lugar donde vivir, formar una familia y construir una comunidad, para convertirse en una mercancía con la que se puede ganar dinero. El resultado es conocido: mientras millones de personas necesitan desesperadamente un hogar, quienes poseen viviendas pueden utilizarlas para obtener rentas cada vez mayores, aumentar su patrimonio o especular con su precio.

No estamos, por tanto, ante un simple problema de que haya «pocas casas» y «mucha demanda». Estamos ante una determinada forma de organizar la vivienda y la economía. Cuando una familia tiene que destinar la mitad o más de sus ingresos al alquiler, cuando un joven con trabajo no puede emanciparse, cuando una persona mayor teme perder su casa o cuando un barrio entero cambia de población porque sus vecinos ya no pueden pagar las nuevas rentas, no estamos ante una anomalía del mercado: estamos ante las consecuencias sociales de haber colocado el beneficio económico por delante de la función social de la vivienda.

La crisis actual hunde buena parte de sus raíces en la debacle financiera e inmobiliaria de 2008. El estallido de la burbuja dejó miles de viviendas en manos de bancos y entidades financieras, al mismo tiempo que miles de familias perdían sus casas o eran expulsadas del mercado de la propiedad. En los años posteriores, grandes fondos internacionales de inversión —los conocidos popularmente como fondos buitre, entre ellos Blackstone, Cerberus o Lone Star— aprovecharon la depreciación de los activos inmobiliarios para adquirir grandes paquetes de viviendas a precios muy inferiores a los que habían tenido antes de la crisis.

Su lógica era sencilla: comprar barato, esperar a que el mercado se recuperase, elevar los ingresos obtenidos mediante alquileres y vender cuando la inversión ofreciera una elevada ganancia. En muchos casos, estas operaciones se beneficiaron además de una situación en la que las administraciones públicas carecían de un parque de vivienda suficiente para responder a la creciente necesidad social.

Ahora, después de años de rentabilidades elevadas, algunos de estos grandes propietarios están vendiendo parte de sus carteras, bien en grandes paquetes, bien vivienda por vivienda. Y esa retirada no resuelve el problema. En determinados casos puede agravarlo: la venta de viviendas alquiladas puede terminar en cambios de propietario, renegociaciones de contratos, incrementos de las rentas o pérdida de la vivienda por parte de quienes ya vivían en ella. Cuando una vivienda deja de estar al alcance de sus antiguos inquilinos, no estamos hablando simplemente de una operación financiera: estamos hablando de personas obligadas a abandonar su barrio, colegios, redes familiares y relaciones sociales.

Por eso resulta importante que las administraciones públicas dispongan de instrumentos como los derechos de tanteo y retracto, que permiten, en determinadas circunstancias, adquirir viviendas antes o después de una operación de compraventa para incorporarlas al parque público. Pero estos instrumentos sólo serán eficaces si existe una verdadera voluntad política de ampliar sustancialmente la vivienda pública y social. Sin una intervención pública sostenida, la Administración seguirá llegando tarde a un mercado en el que los operadores privados disponen de mucha más capacidad económica.

Sin embargo, atribuir toda la responsabilidad a los grandes fondos sería insuficiente. El problema de la vivienda tiene una dimensión mucho más profunda: afecta a la estructura de clases y de patrimonio de la sociedad española.

En España se ha consolidado durante décadas una cultura de la propiedad inmobiliaria. Para muchas familias, disponer de una segunda vivienda alquilada ha sido una forma de complementar sus ingresos o de asegurarse una cierta tranquilidad para la jubilación. Esto explica que una parte muy importante de las viviendas alquiladas esté en manos de pequeños propietarios y no de grandes empresas.

Pero reconocer este hecho no significa que propietarios e inquilinos se encuentren en una posición equivalente. Quien posee una vivienda dispone de un patrimonio que puede aumentar de valor y proporcionarle ingresos periódicos. Quien no posee ninguna depende de su salario para pagar el alquiler. Cuanto más sube el precio de la vivienda, más se agranda esa diferencia.

Aquí aparece una de las dimensiones más claras de la actual división social. Las generaciones que pudieron comprar una vivienda cuando los precios eran más bajos han acumulado un patrimonio que hoy puede alcanzar un valor extraordinario. En cambio, muchos jóvenes se incorporan al mercado laboral con salarios insuficientes, contratos precarios y precios de vivienda que han crecido mucho más deprisa que sus ingresos. El resultado es una transferencia silenciosa de recursos: una parte creciente del salario de los trabajadores termina en manos de quienes poseen viviendas.

La vivienda se ha convertido así en una especie de frontera entre dos mundos. Para quien tiene varias propiedades puede representar seguridad, ahorro y una fuente de ingresos. Para quien no posee ninguna puede convertirse en el principal gasto de su vida y en un obstáculo permanente para formar un hogar. De ahí que la cuestión de la vivienda sea también una cuestión de desigualdad social.

Los jóvenes constituyen uno de los grupos más castigados. Sin capacidad suficiente de ahorro y con enormes dificultades para conseguir una hipoteca, dependen del alquiler precisamente cuando este se ha vuelto más caro. Muchos tienen empleo, pero sus ingresos no les permiten acceder a una vivienda en condiciones razonables.

Algo semejante ocurre con buena parte de los trabajadores extranjeros, que además pueden encontrarse con mayores dificultades para acceder a la compra de una vivienda o a determinados alquileres. Cuando los salarios no crecen al ritmo de las rentas, el trabajador no tiene muchas opciones: pagar más, compartir vivienda, alejarse cada vez más de su lugar de trabajo o aceptar condiciones de alojamiento que en otro contexto serían inaceptables.

El problema se agrava en las grandes ciudades y en las zonas turísticas. Allí la vivienda residencial compite con los pisos turísticos, el alquiler temporal, las residencias para estudiantes, los alojamientos para trabajadores desplazados y otros negocios inmobiliarios. Una vivienda que antes servía para que una familia viviera todo el año puede resultar más rentable para su propietario si se destina al turismo o a alquileres de corta duración.

El resultado es una paradoja cada vez más evidente: las ciudades que generan empleo y riqueza expulsan de ellas a una parte de quienes trabajan en sus hospitales, colegios, comercios, hoteles, restaurantes, servicios públicos y empresas. Se construye una economía que necesita trabajadores, pero no garantiza que esos trabajadores puedan vivir dignamente en los lugares donde trabajan.

En este punto conviene desmontar una idea que se repite con frecuencia: que el precio de la vivienda es simplemente el resultado «natural» de la oferta y la demanda.

La oferta y la demanda existen, por supuesto, pero no actúan en un vacío social. No tiene la misma capacidad de negociación quien necesita urgentemente una vivienda para vivir que quien posee varias y puede esperar a encontrar al mejor pagador. Tampoco es igual el poder de una familia que busca un piso de alquiler que el de una sociedad que administra miles de viviendas y puede decidir cuándo venderlas, alquilarlas o retirarlas del mercado.

Por eso tampoco es suficiente con hablar de «mercado inmobiliario» como si todos sus participantes tuvieran los mismos intereses y la misma capacidad de decisión. En él conviven grandes fondos, bancos, sociedades inmobiliarias, promotores, pequeños propietarios, trabajadores, familias sin vivienda y personas que necesitan alquilar. Sus intereses son diferentes y, en muchas ocasiones, directamente contrapuestos.

Esta realidad ayuda a entender por qué las fuerzas políticas mantienen posiciones tan diferentes ante la vivienda. No se trata únicamente de distintas opiniones técnicas sobre cómo organizar el mercado. Detrás de cada modelo de política de vivienda hay intereses sociales concretos.

Las fuerzas conservadoras y liberales suelen poner el acento en la defensa de la propiedad privada y consideran que una regulación excesiva del alquiler puede reducir la oferta de viviendas. Su argumento principal es que si se limitan los precios o se aumentan las obligaciones de los propietarios, algunos de estos retirarán viviendas del alquiler, las venderán o las destinarán a otros usos. De ahí su preferencia por aumentar la construcción, facilitar la inversión privada, reducir impuestos y ofrecer seguridad jurídica a los propietarios.

Esta posición conecta especialmente con los intereses de propietarios, inversores, empresas inmobiliarias y sectores de las clases medias que han convertido la vivienda en una forma de ahorro. En la práctica legislativa, se traduce en una mayor resistencia a los controles de precios, en la defensa de la libertad del propietario para disponer de su inmueble y en la apuesta por medidas que estimulen la oferta privada.

En el otro extremo, las fuerzas progresistas y de izquierda parten de una consideración diferente: la vivienda no puede tratarse como una mercancía más porque constituye una necesidad básica. Desde esta perspectiva, el derecho de propiedad debe convivir con su función social y el Estado tiene la obligación de intervenir cuando el mercado impide a una parte importante de la población acceder a una vivienda digna.

Esta visión se ha concretado, entre otras medidas, en la Ley 12/2023, de 24 de mayo, por el derecho a la vivienda, que introdujo mecanismos como las denominadas zonas de mercado residencial tensionado y determinadas limitaciones a la actualización y fijación de rentas en esos territorios. También contempla medidas para ampliar el parque público y social, proteger a determinados hogares vulnerables y establecer obligaciones específicas para los grandes propietarios.

Pero la ley, por sí sola, no ha resuelto el problema. Su aplicación depende en buena medida de las comunidades autónomas y de los ayuntamientos, y ahí aparece una de las grandes contradicciones políticas del modelo español. Mientras algunas administraciones han optado por declarar zonas tensionadas y aplicar las herramientas previstas por la legislación estatal, otras se han negado a hacerlo o han defendido políticas diferentes.

De esta manera, una misma ley puede producir efectos muy distintos según quién gobierne y qué intereses políticos considere prioritarios.

El conflicto aparece también en otras cuestiones decisivas. Regular los pisos turísticos significa limitar una actividad económica que puede resultar muy rentable para los propietarios, pero que al mismo tiempo reduce la vivienda disponible para residentes en determinadas ciudades. Aumentar el parque público exige destinar recursos públicos a comprar, construir o rehabilitar viviendas que dejan de estar sometidas a la lógica del mercado. Establecer obligaciones a los grandes propietarios significa reducir parte de su libertad empresarial en beneficio de una mayor protección de los inquilinos.

Cada una de estas decisiones tiene ganadores y perdedores.

Cuando se protege sin apenas límites la libertad del propietario para fijar las condiciones del alquiler, se favorece a quien dispone de vivienda. Cuando se establecen límites a las rentas o se refuerzan los derechos de los inquilinos, se favorece a quienes necesitan alquilar. Cuando se destinan recursos públicos a vivienda social, se utiliza dinero de todos para garantizar un derecho que el mercado no está proporcionando. Cuando se favorece fiscalmente la compra de viviendas como inversión, se está estimulando un determinado modelo de acumulación patrimonial.

Por eso el debate sobre la vivienda no debería reducirse a una discusión técnica sobre porcentajes, precios o número de viviendas construidas. Es, en el fondo, una discusión sobre qué intereses deben prevalecer.

¿Debe prevalecer el derecho del propietario a obtener el máximo rendimiento posible de su vivienda? ¿O debe prevalecer el derecho de una familia a poder vivir en ella sin que el alquiler absorba una parte insoportable de sus ingresos?

¿Debe el Estado limitarse a facilitar el negocio inmobiliario esperando que el mercado resuelva el problema? ¿O debe intervenir directamente, construyendo vivienda pública, regulando los alquileres cuando sea necesario, limitando la conversión indiscriminada de viviendas residenciales en alojamientos turísticos y recuperando para uso social parte del patrimonio inmobiliario?

No son preguntas neutrales. Cada respuesta beneficia a unos sectores sociales más que a otros.

La cuestión de fondo es, por tanto, qué modelo de sociedad queremos construir. Si aceptamos que una vivienda es ante todo un activo para invertir, acumular patrimonio y obtener rentas, tendremos que aceptar también que quienes carecen de patrimonio inmobiliario estarán obligados a entregar una parte cada vez mayor de sus salarios a quienes sí lo poseen.

Si, por el contrario, consideramos que la vivienda cumple una función social esencial, entonces habrá que asumir las consecuencias políticas de esa elección: aumentar de forma sustancial el parque público y social, impedir que las viviendas destinadas a residencia habitual sean desplazadas masivamente por usos más rentables, proteger a los inquilinos frente a abusos, intervenir en las zonas donde el mercado expulsa a la población y establecer una fiscalidad que desincentive la acumulación especulativa de viviendas.

Eso exige también superar una falsa división entre «propietarios» e «inquilinos». No todos los propietarios son grandes rentistas ni todos los inquilinos pertenecen a las capas más pobres. Pero sí existe una diferencia fundamental entre quien posee un patrimonio inmobiliario suficiente para vivir de sus rentas y quien depende exclusivamente de su salario para pagar el alquiler. Esa diferencia es cada vez más determinante en la distribución de la riqueza. La vivienda se ha convertido así en uno de los principales mecanismos de reproducción de las desigualdades sociales. Quien heredó una casa puede recibir un patrimonio considerable. Quien heredó varias puede obtener una renta mensual sin necesidad de trabajar para conseguirla. Quien no heredó ninguna tendrá que dedicar durante décadas una parte importante de su salario a pagar el alquiler o una hipoteca. Por eso la crisis de la vivienda no puede resolverse únicamente construyendo más pisos. Hay que preguntarse para quién se construyen, quién puede comprarlos, quién puede alquilarlos, quién se beneficia de su aumento de valor y quién termina pagando ese aumento.

La vivienda no puede seguir tratándose como una mercancía cualquiera. Es el lugar donde las personas viven, descansan, educan a sus hijos, cuidan a sus mayores y construyen sus relaciones sociales. Cuando una sociedad permite que el acceso a ese espacio básico dependa cada vez más de la riqueza previamente acumulada, está convirtiendo un derecho en un privilegio.

El dilema al que se enfrenta España es, en última instancia, profundamente político: ¿queremos una sociedad en la que la vivienda sirva para garantizar una vida digna o una sociedad en la que la necesidad de tener un techo se convierta en una fuente permanente de beneficios para quienes ya poseen patrimonio?

Responder a esa pregunta exige dejar de presentar la vivienda como un problema puramente económico. Es un problema de justicia social, de distribución de la riqueza y, en definitiva, de poder. Porque mientras unos pueden decidir cuánto vale el techo de otros, la libertad de estos últimos será siempre una libertad limitada por el precio del alquiler.